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 Hoja y Luna

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Amneler
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MensajeTema: Hoja y Luna   Vie Mar 17, 2017 8:50 am

Prólogo
Galak


No tenía percepción del tiempo que había estado atrapado; no, no atrapado, puesto que se había ofrecido voluntariamente a una tarea que sabía, llevaría en sus hombros durante el resto de sus días. Galak había sido joven más no inmaduro, su nombre era un honor para sus maestros y cuando llegó el momento de reemplazarlos había sido un aporte para su pueblo, acogió pupilos, almas perdidas y les mostró su sendero, y cada vez que alguien le decía “Shan’do” corroboraba que era el camino correcto.

Pero había pasado demasiado tiempo, incluso para aquél que no tenía una concepción correcta de lo que el tiempo realmente era; Distracciones mundanas como aquella hacían dudar a cualquiera, y con la duda crece el miedo, miedo que llevaba combatiendo con los ojos cerrados y sin mérito en el mundo que añoraba, o eso pensaba.

Él, Galak Brisa Estelar, druida de la garra, sumido en el eterno Sueño Esmeralda temía sin razón alguna a ese paraje tan verde que observaba y sanaba dentro de su inconsciencia.

El sueño era un parámetro antiguo, el Azeroth incorrupto, en su forma perfecta y primigenia; y ellos, sus guardianes, con tal de mantener el equilibrio en el mundo de los despiertos habían renunciado a todo, sus amistades, aprendices, maestros y familias. Pero así era mejor, los protegía, claro, desde otro páramo, pero los protegía al fin y al cabo.

Sin embargo, el paraje verdoso y calmo se hacía intranquilo día a día, una amenaza creciente entre ellos se acercaba, lo sabían con perfección más ninguno hablaba al respecto, Galak no sabía si era por el miedo ancestral a la pérdida que su raza había desarrollado, o bien, que su falta de comunicación no era más que un resultado de sus años en soledad.

Muy dentro de sí, esperaba que fuera lo segundo.

Galak abrió los ojos con fuerza, su forma úrsida se movía conforme más a paso lento, observaba el paisaje verde y sus espirales perfectos, bufó un sonido que ya se le era irreconocible; Los últimos tres milenios había abrazado la forma de oso como si así hubiese nacido; Su cuerpo se transformaba en una masa violenta de músculos y cicatrices, su forma animal era terrorífica según algunos, según otros imponente, un oso de color blanco y marcas ceremoniales púrpuras, cicatrices de por vida que adornaban su rostro alargado y ancho.

¿Cómo había sido su forma élfica?

El druida frunció el ceño, se recordaba con una claridad vaga; Había sido alto y voluptuoso, una cabellera plateada que se negaba a cortar, acogía a pupilos como sus hijos, y a sus propios hijos, ¿Tenía hijos, no? Sí, sí, había engendrado dos hijos junto a su compañera de por vida, ¿Cuál era su nombre? ¡Bah! más no recordaba nada más que sus miradas de orgullo ante su persona, ¿O era temor? … ¿Qué más?

Trotó hacia un manantial algo desesperado, sentía las fuerzas de la tierra llorar y él temblaba con ellas. Observó su reflejo en la cristalina agua, sintió como ella se movía agitada sin que él le hiciese contacto alguno, se observó detenidamente.

¿Quién era Galak Brisa Estelar? ¿Era aquella figura que observaba? ¿Cuánto tiempo había pasado?

Intentó apaciguar la tierra que lo rodeaba y con ello a su persona, pero le era en vano, en su lugar sólo se acercaban más temblores y rugidos de dolor provenientes de todos lados, un chirrido invadió su sensible audición. Rugió intimidante, más nada respondió, y seguido a la tormenta de sonidos y sentimientos no vino más que un truculento silencio.

Debía irse, debía comunicar el altercado a sus hermanos y hermanas, necesitaba asegurarse que aquello no era más que su imaginación jugándole malas pasadas, un plan inconcluso en su mente que salía a flote en sus momentos de relajación, un error, todo debía ser un error.

Y en su lugar, permaneció estático, volviendo su ancha cabeza al manantial que no hacía más que darle fuertes corazonadas, observó en sus tranquilas aguas sus intranquilos pensamientos.

Y ahí fue cuando atacó.

Vió el fuego verdoso atacando su hogar y su gente, cadáveres pútridos y abominaciones levantándose de su descanso; los suyos retrocedían con cada muerto que se alzaba, la muerte ya había reclamado el lugar en el cual una vez frondosos árboles brindaron vida eterna a aquellos que a sus pies vivían.

Vió a los monstruos desgarrar y reír maniaticamente todo ser vivo que se cruzaba, vió las pieles de distintos colores y formas caer al suelo sin importar sus tácticas de lucha, la sangre ahogaba el pastizal en el cual sus pies descansaban intranquilo. Familias enteras escapaban mientras los sables de batalla hacían lo imposible por evitar lo inevitable.

Hipnotizado por la imagen sanguinaria se vió atrapado, las raíces que había sanado se retorcían bajo sus zarpas. Las visiones parecían materializarse a su alrededor, se libraba una guerra que sabía no podía ganar, siquiera luchar; sus hermanos caían rendidos ante el avance de las imponentes y desfiguradas sonrisas de los peones de aquella armada infernal. Alzó su cuerpo contra las figuras, más no hacía más que potenciarlas mientras las mismas herían su cuerpo ilusorio, pero Galak lucharía, lucharía hasta caer, ¿No? Rugía con fuerza mientras desquitaba su ira acumulada en aquellos que atacaban su ancestral hogar; Después de zarpazo tras zarpazo, arañazo tras arañazo y gritos que desconocía podía emitir, pudo ver cómo los invasores retrocedían a regañadientes, bufó con fuerza.

Se sintió herido y cansado, la piel le ardía y el aliento se le escapaba, pero iba a seguir luchando… caería con sus hermanos si era necesario.

Un grito de desesperación lo sacó de su trance.

Observó ahora, un joven luchando contra un ser inmenso, lo vió caer y fallar repetidas veces, más el ensangrentado muchacho seguía y seguía, se movía con rapidez espectacular, más no con la suficiente. Lo observó con cuidado, sus gestos le parecían conocidos, y sus gritos aún más. El elfo de la noche alzó sus espadas contra el gigantesco demonio, rasgó su pecho y entonces, por cuestión de destino se vio victorioso, empapado entre su propia sangre y los líquidos verdes propios del enemigo.

Chocaron miradas.

El elfo le dió una sonrisa demasiado tierna, impropia de su raza y a pesar de aquello, Galak estaba dispuesto a corresponderles...Si no fuese por la oleada de seres grotescos que avanzaban en dirección al niño.

Lo vió caer con una sonrisa en su rostro, se veía satisfecho, más la muerte le fue inevitable ante el salvajismo de aquellos que se hacían llamar Legión.

Gritó y luchó contra su voluntad, más no podía avanzar, un dolor se apoderó de su corazón, un dolor que no sentía en años, Galak se vió perdido, ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba ocurriendo? Era un recuerdo, uno demasiado vívido, ¿Era un recuerdo? Ni siquiera estaba seguro.

Otro grito lo sacó de sus pensamientos, la escena cambió drásticamente, ya no se encontraba en el campo de batalla, en su lugar estaba en las alturas de una montaña cuyos árboles ardían en fuego, el mismo fuego verdoso que atormentaba sus pesadillas.

Volvió la mirada a otra joven, cabello blanquecino y ojos cansados, cargaba un arco de madera, sin embargo, parecía ser del acero más pesado por la forma errática en que ella lo tomaba, tiraba flechas al aire acompañadas de tortuosos gritos, mujeres del mismo rango seguían sus órdenes sin cuestionar, independiente del fuego que las rodeaba, independiente de la inminente derrota, se sorprendió al ver cómo aquella muchacha se veía tan decidida a pesar de lo obvio…

El fuego se acercaba, y con ello la destrucción, más nadie se movió y el griterío continuaba.

“¡Debemos irnos! ¡No es seguro por la montaña ni el bosque! ¡Estamos rodeados!” Escuchó una voz más no vió de dónde proseguía, era masculina y se encontraba desesperada.

Galak comenzaba a marearse mientras observaba cómo el fuego se llevaba la vida de aquellos que luchaban. Observó a la joven forcejear con otra persona, no quería retirarse y se enteró de vociferarlo a todos.

La observó a los ojos mientras el fuego la rodeaba, no había escapatoria y lo había aceptado, se aferró a una figura mientras sus miradas chocaban, para su sorpresa la joven rompió en llanto, y si él estuviese en su forma élfica, probablemente las lágrimas igual limpiarian su rostro.

Rodó su cuerpo cansado, observó cómo la visión volvía a cambiar, observó sangre, barcos, observó azul y observó rojo, observó llanto y observó risas, edificaciones inmensas y extrañas, observó fuego y observó agua, observó muerte y observó vida.

Al abrir los ojos, observó su final, como un hacha bajaba hacia su persona, y él, bueno, él sólo observó cómo la vida se alejaba de su persona, no luchó ni huyó, y por alguna razón, estaba satisfecho.

El chirrido volvió a sonar, sólo que ésta vez dejaba de ser un chirrido para convertirse en un sonido estridente y calmo.

Entonces, Galak despertó.

Ya no era un oso, su forma úrsida había desaparecido conjunto a sus visiones fatídicas, su cuerpo volvía a ser alargado y humanoide, garras que ahora eran manos y facciones que volvían a ser las de un elfo nocturno, un Kaldorei.

Las cicatrices seguían ahí.

Observó a su alrededor, no se encontraba en el sueño, siquiera se encontraba en sus túmulos; En su lugar se encontraba agachado en el piso, sus manos ensangrentadas al igual que su cuerpo, el corazón en la garganta al temer lo peor, sus hermanos y hermanas estaban en situaciones iguales, cada quién confundido de aquello que podía haber pasado.

Estaban despiertos, y eso significaba una sóla cosa, problemas.

El silencio reinó en el lugar, y no fue hasta que uno de ellos se puso de pie, allá adelante dónde Galak no observaba con certeza, que supo el propósito de lo vivido.

“¡Shan’do! Nosotros… nosotros no habíamos querido. Fue demasiado tiempo en nuestra forma animal…” El elfo se mostró intranquilo, hablaba ronco y su forma encorvada le daba un aspecto realmente perdido y sumiso, especialmente cuando aquella voz, aquella voz que todos los druidas conocían y admiraban le interrumpió.

“Calma, Thero’shan. Azeroth los necesita una vez más, de otra forma no habríamos acudido al cuerno de Cenarius…” Malfurion Tempestira prosiguió, más Galak ya no le escuchaba, recordaba sus visiones mientras se abrazaba a sí mismo, hizo recuerdo de todo y cuando por fin todo tuvo sentido, frunció el ceño.

“La Legión Ardiente ha regresado”


Era hora de volver a casa.
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