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 Embaucador

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Amneler
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MensajeTema: Embaucador   Vie Mayo 19, 2017 11:52 pm

Embaucador.

El hombre vestido en finos ropajes color carmesí observaba el cáliz repleto de vino con un semblante impropio de su persona; Comprobaba segundo a segundo que el licor siguiese ahí, como si se tratase de un maniático obsesionado con el tema. No era un bebedor constante, de hecho, odiaba el olor de la bebida en el aliento de sus compañeras tanto como en el suyo propio, tal vulgaridad no era costumbre de un noble... Bueno, por lo menos no en soledad.

Pero Darrick Hurrems había comprobado ser un hombre bastante peculiar, de gustos carismáticos adquiridos a su mediana edad que sorprenderían a muchos, claro, solía ser más alegre en épocas remotas, hoy no era el día.

Sentía, sin explicación alguna, una preocupación constante por algo inesperado. Tragó saliva mientras se erguía en su gran sillón de terciopelo, el más cercano a su cuidadosamente arreglado escritorio.

Era minucioso con cualquier cosa menos con su persona o eso parecía mostrar; Sus dientes desaseados que parecían destacar más por su colmillo de oro, (Lo único que producía bien.) Barba enmarañada de tonos grisáceos que cada día se tornaba más blanca. Piel grasosa y a la vez pálida, casi enfermiza, no eran de sorprender las ojeras abultadas bajo a sus grandes ojos, ojos que no parecían mostrar más que una terrible determinación y a la vez un gran miedo.

Cada parte de él contenía una historia peculiar, pero hasta el momento, no había encontrado a alguien tan paciente como para escucharlas.

Aunque bueno, a veces siquiera eran historias del todo políticamente correctas... o ciertas.

El calor comenzaba a invadirlo mientras sus manos se volvían a poco temblorosas, resistió la urgencia de cometer alguna tontería mientras que, con delicadeza, ajustaba aún más los guantes de cuero ocre que solía llevar puestos.

Bebió el vino de tope, le gustaba pensar que podía saciar una adicción con otra.

Aunque nunca serviría en este caso.

Un golpeteo en la entrada de su estudio lo hizo escapar de aquél pensamiento lúgubre. Poniéndose de pie y disimulando su ansiedad obvia, ordenó entrar a, quién quiera que fuese.

— Lord Darrick, — Alcanzó a musitar la mujer antes de ser interrumpida por su propio nerviosismo, hizo una reverencia desastrosa, como si de eso su vida tratase, — Ha venido un mensajero, apenas un crío señor, quería que le entregara ésto, — Repitió la muchacha regordeta acercándose a él y entregándole una carta sucia.

El hombre frunció el ceño mientras tomaba la carta entre sus manos y observaba con suma curiosidad.

Esperaba algo peor.

—La carta de un pequeño bribón puede esperar, Emily —Resopló, sirviéndose algo más de vino — Un día de éstos mi corazón no soportará uno de sus chismes, y ahí quedaré, muerto por el cotilleo de una muchacha.

Observó a la chica de pies a cabeza, de una forma que, si no fuese porque era su empleada, le habría ganado una buena cachetada en el rostro... Olvidaba siempre que compartía hogar con Emily, su “mucama” no mayor a los veinte años que resultó ser terriblemente callada y sigilosa, una pésima compañera de charlas que, sin embargo, parecía compensar su falta de interacción con su facilidad para caer en su cama; También estaba la vieja Laila, cocinera del lugar que cumplía con sus labores para luego marcharse, aterrada.


Darrick odiaba pensar que si no fuese por su buena paga, ninguna de las damas mantendría contacto con él.

Pero eso no pasaría, no se lo permitiría a ninguna, menos a esa carne nueva.

Apenas lo conocía de una semana.

—Lord Darrick, el muchacho señaló que es de suma importancia; Lo he visto merodeando el bosque, algo le habrán pagado para permanecer cerca tanto tiempo.

Merodeando...

—¿Qué insinúas con esas palabras, mujer? —Alzó la voz, casi dominado por una fuerza sobrenatural, poniéndose de pie en un parpadeo, — ¿Qué hacías viendo los árboles y los prados mientras el polvo contamina la casa? ¿Crees que te pago para hablarle a niños perdidos?

Parpadeó con fuerza ante el pensamiento... Quizá ese niño era un espía a pago para dar con su ubicación, conocía a los guardias de Ventormenta y sus poco ortodoxos métodos de trabajar.

Golpeó la mesa de su escritorio con fuerza con tal de suprimir la creciente paranoia.

¿Has oído siquiera que hacen con los de tu calaña? Ambos sabemos como el fuego actúa en contacto con la piel humana. Oh, claro ¡Obviamente lo sabes! ¿Por qué otra razón un anciano se escondería en el Bosque del Ocaso?

Ningún guardia se aproxima demasiado al Bosque del Ocaso.

Un niño no es un guardia, harían lo que fuera por dinero.

Lo sabes.


Observó a la muchacha que le devolvía la mirada acuosa, a punto de romper en llanto y ansiosa de escapar de uno de sus más pasivos cambios de humor… Aquellos que se solían repetir con más frecuencia en la última semana. La muchacha tragó saliva y evitó el contacto visual en todo momento.

Se ajustó los guantes, más apegados a su piel que nunca, sus manos sudorosas y ardientes no tardaron en formar puños por reacción natural; Peinó su cabello hacia atrás, que quedara prolijo, limpio, sin ningún rastro de sospecha.

Tomó la arrugada carta de papel, y distinguió el sello morado en cera que marcaba su centro.

Hojalunar.

Frunció el ceño.

— Perdona por el altercado Emily, —Fingió una sonrisa mientras guardaba el mensaje en un bolsillo secreto del traje rojizo, ese era un tema para después— Sabes que si no tomo mi medicina me altero un poco, o bueno, ahora has de saberlo, —Confesó, falsamente avergonzado, caminando discretamente hacia ella.

— Lord Hurrems. Yo… yo solo cumplía con mi deber… —La mirada se centró en el piso de la habitación, un silencio incómodo apoderándose de todo el ambiente. — Iré por su medicina, si me disculpa.

Pero antes de poder salir, Darrick alzó la mano con cuidado, indicando que su ida no sería tan fácil de conseguir.

— La medicina puede esperar, — Fingió una tos, acercándose peligrosamente al rostro de la chiquilla. Pasó una mano por su cabello mientras observaba a la temblorosa joven, una sonrisa perversa se adueñó de su rostro ante el contacto. Le temía,— Oh querida Emily, me he portado como un patán, ¿No crees? — Besó su nuca mientras con su mano libre acariciaba el cabello negro de la rechoncha joven,— Pero tu eres buena, me cuidas, me soportas ¡Bella Emily! ¿Qué haría yo sin tí? Me proteges de las bestias que acechan éste terrible bosque oscuro.

Temblaba con cada toque, una pequeña lágrima escapó de su rostro; Y es que siempre empezaba así, halagos y suavidad que terminarían con su furia indómita. Lord Darrick sonreía cada vez más con cada toque, y es que su poder recaía en su facilidad para manipular a gente como ella.

Débil, asustadiza y necesitada de dinero.

— Lord Darrick, —Dijo entre llantos mientras su patrón se volvía aún más a su primigenia forma animal, desesperada por un poco de su carne, —Lord Darrick… yo… yo atendí al niño no por, no hacer las tareas, es sólo que — Suspiró. Las lágrimas recorrían su rostro— … ví algo en el bosque.

Y así como Darrick la tomó, la soltó de golpe, precipitado por una ola de miedo creciente en su persona.

Te miente idiota… Quiere escapar, todos quieren hacerlo.

El hombre se tensó ante la revelación, se impidió pelear contra su persona una vez más, y en su lugar, preguntó,

— ¿Qué-qué viste? — Susurró, entrecerrando los ojos con tal de calmar el instinto animal que nacía en él...Maldijo a la muchacha, poco a poco había comenzado a entender ese miedo inimaginable a las afueras.

Afuera era demasiado peligroso.

— El canil del noreste se abrió, Lord. Intente cerrarlo pero… es Niebla señor, escapó cuando se le dio la oportunida-

Emily no pudo terminar de hablar antes que la mano del hombre cruzó su rostro en una ira inimaginable. Un grito y un impulso de fuerza lo suficientemente fuerte para derribarla con un sólo golpe; Cayó débil y asustada, el dolor creciente en su rostro no era nada comparado con la tortura que su mente comenzaba a sentir con los gritos del hombre de pie, frases inentendibles, de otros mundos.

Observó los ojos azules del hombre teñidos en una ráfaga verde.

Darrick Hurrems era un hombre promedio, con dinero de sobra y personalidad introvertida.

Eso creía la gente. Emily era eso, sólo gente común y ordinaria… fácil de manipular.

Tonta.

Cayó inconsciente ante la tortura.

_________________________________


Darrick Hurrems tomó el viejo trabuco que se ubicaba en los establos, lo limpió con calma mientras recordaba lo mucho que añoraba cazar.

Habría sido un excelente cazador, era sigiloso, introvertido y amaba a los cánidos; que si bien recordaba, eran animales de compañía.

En su lugar, había durado cuatro semestres en la escuela de magia del Kirin Tor, cuatro semestres necesarios para aprender lo suficiente, el resto vendría por su cuenta. ¿Era un honor? No, no… era sólo suerte.

El resto vino de los viajes, ¿Recuerdas? Tuercespina, Rasganorte, Ventormenta, ¡Kalimdor!

Sonrió ante ese destello de cordura.

Terminó de limpiar la escopeta para llenarla de pólvora, todo a un paso lento y calmo, casi tortuoso. Pero no podía equivocarse, la vida de Niebla estaba en peligro, y haría lo que fuese por traerla sana a casa.

Niebla era un animal maravilloso, una Pastora Gilneana de brillantes pelajes y excepcionales habilidades de caza, también era la hembra de cruza preferida por los comerciantes, sus camadas habían sido vendidas con éxito por el hermoso parecido a su madre; blanca como la Niebla y de brillantes ojos pardos.

Pero seguía siendo una perra, una perra que llegado su celo debía ser puesta en cuarentena, eso o esperar crías con los famélicos lobos del lugar.

Estúpida Emily, debes contratar gente con experiencia Darrick, no sólo cuerpos que calienten tu cama.

Giró la cabeza con tal de ver el cuerpo magullado de Emily a su derecha, ocupaba el mismo espacio en el establo que una vez Niebla ocupó, una perra merecía un lugar así, entre paja, mierda y su mera presencia.

Sonrió.

— Emily, ¿Sabes por qué un hombre como yo, — Menciono, señalandose — de alta alcurnia, buena educación y valores; Decidió criar perros de caza como profesión?

Hablaba sin siquiera dignarse a mirarla, y es que así no le servía. La joven había palidecido un montón, sus anchos labios estaban púrpuras y sus almendrados ojos hinchados de tanto llorar; para Darrick, no producía ningún sentimiento más que el de repulsión.

— Claro que no lo sabes, ¿Allá de dónde vienes siquiera conocen de mi apellido? He oído que las mujeres de Páramos son capaces de comer a sus hijos no natos con tal de saciar el hambre, — Esta vez la miró, la misma sonrisa burlona en su boca. Emily cabeceaba moribunda mientras las lágrimas se desparramaban— Pero ha de ser falso. Si fuese real no habrían tantos de ustedes rogando dinero a gente como yo, ¿No?

La joven le escupió enseñando los dientes, parecía que con cada palabra hostil la vida volvía a sí, vida impulsada por el odio, pero vida al fin y al cabo.

— Adelante, gasta saliva… —Se limpió el rostro para luego observarla— Yo que tu no gastaría fuerzas, los perros tienen hambre y correr de ellos, bueno,— Cargó el arma— Es cuestión de lógica.

Independiente de los moribundos gritos de clemencia y los llantos desesperados, Darrick hizo caso omiso, caminó fuera del establo con la escopeta en mano, cerrando con un pesado candado la salida, dejando así a la joven atrapada con el único contacto de los animales que Darrick criaba. Los perros.

Esperaba que la destrozaran, pero las bestias parecían temerle más a él mismo que a cualquier extraño.

Deberías quemar el lugar, viajar a otro lado, este lugar ya tuvo su uso.

— No quemaré a mis perros, — Dijo para él mismo mientras preparaba su silla de montar. La joven yegua lo observaba intranquila, y evadía cualquier toque directo con Darrick — Parecen… —Suspiró— Parecen ser los únicos animales que no me temen tanto.

Los confundes con Kal’grave.

— ¡Calla!— Vociferó, y así cómo vino, esa voz se fue. Comenzó a dolerle la cabeza, en su lugar.

Subió a la yegua de mala gana y espoleó con fuerza al animal, haciendo que en cuestión de segundos, ésta se encontrase sumergida en el oscuro bosque de penumbras. Su trote hacía de todo menos calmarlo, rápido y desesperado; El cálido aliento de la yegua tanto como el suyo comenzaba a hacerse visible en el invernal ambiente, oscuro y frío, como en una ocasión le había gustado.

Intentó escapar de la creciente melancolía, aquella que caía sobre él en momentos de incertidumbre. Con el tiempo aprendió que mientras más tiempo duraban sus ataques de “locura”, más fuerte procedía a ser su aterrizaje a la cordura.

Demasiados recuerdos, demasiadas memorias.

Darrick provenía de una familia pequeña pero noble, la sangre de antiguos Caballeros y Lords de renombre corría por sus venas, una constante presión para el enfermizo hijo menor de la casa Hurrems de Lordaeron. Nunca había logrado esgrimar una espada, nunca dominó la equitación y siempre lograba ser el centro de risas de sus dos hermanos mayores… En su lugar era brillante, resolvía ecuaciones con facilidad y podía llevar charlas sobre temas complejos que hasta a sus padres descolocaban.

Debía haber un eslabón perdido en esa sangre “real” que dió en resultado a su persona.

A sus solitarios catorce años fue cuando sus padres decidieron enviarlo a Dalaran.

Darrick resopló ante el recuerdo y volvió a concentrarse en buscar a la perra en el frondoso bosque.

El título Archimago no iba contigo Darrick, lo sabemos…

— Por lo menos habría podido entrar a las ciudades en paz, sin veinte guardias mirandome de reojo — Chistó, esta vez el paso del animal era lento.

Odiábamos Dalaran, ¿No lo recuerdas?

Darrick asintió.

— Lo sigo odian- ¿Que? — Freno de golpe al encontrar a su montura pasar por un charco de barro. La yegua relinchó ante la sensación en sus cascos.

Darrick observó cuidadosamente, notando como de la misma arcilla natural se convertía, pasos más adelante, en las huellas de un cánido.

Dos, dos cánidos.

Saltó de un golpe de la yegua, trabuco en mano y corrió ante la evidente pista que su mascota estaba cerca.

Acompañada.

— Lobo… — Susurró, pasando una de sus manos por la mancha fresca. Huellas mas grandes y profundas, de largas garras que se movían con cero gracia.

Está seducido por su olor.

Cargó el arma mientras a paso lento y confiado, se adentraba más al Bosque del Ocaso, al corazon de este, aquél que emanaba una tranquilidad que, por el contrario, no hacía más que causarle un horrible dolor de cabeza.

Hay elfos ahí, te sentirán en cuestión de segundos.

No se escuchó y siguió caminando. Jadeaba de poco a poco mientras su rostro se llenaba de sudor.

No entres ahí estúpido.

Seguía, a un paso catastrófico, pero seguía. El corazón en su garganta latía a más no poder... estaba viejo.

¡IMBÉCIL!

La voz se retorcía concorde a su aposento cuerpo. Darrick cayó, sus finos ropajes manchados en pasto muerto y tierra.

Se arrastró…

¡DARRICK!

—¡¿Qué?! ¡¿Qué quieres de mi?! —Sollozó en un grito ahogado, las lagrimas y los grotescos fluídos corporales invadían su rostro.

Mira adelante.

Y ahí la vió, Niebla… Su pelaje manchado en tierra y su mirada caída, cojeaba notoriamente mientras avanzaba a ver a su amo... Tortuosamente lento.

Su sonrisa no duró mucho, puesto que de las mismas sombras se avalanzó un animal mucho mas monstruoso; pelaje negro que se negaba a ceder ante la sarna, un ojo infectado y cubierto en liquido lechoso, colmillos largos y teñidos de rojizo.

No alcanzó a apuntarle, siquiera a tomar el arma, en segundos el animal ya se había lanzado contra su persona.

Acto reflejo, el aura verde salió de sus manos, se sacó los guantes en desespero mientras el animal babeaba en su rostro... y allí, cuando sus manos hicieron contacto con el pelaje grasiento del animal, no pudo hacer más que sonreír. El animal convulsionó frente suyo, su peso muerto era un cosquilleo en su pecho comparado con la vida que volvía a su persona, la vida drenada del pobre animal.

No alcanzó a aullar, chillar ni ladrar; Su cuerpo cayó inmóvil frente a las artes oscuras que habían poseído su vida, rejuveneciendo a su portador en un abrir y cerrrar de ojos.

¿Cómo extrañabas eso, no?

Darrick se puso de pie, empujando el cadáver del animal a un lado. Lo observó por unos momentos, era consciente de lo que la magia vil podía hacer en cuerpos y el lobo no era la excepción. Su lánguido cuerpo se encontraba en casi huesos, el olor a azufre se escapaba de su hocico y ojos, rasgos de quemaduras verdes justo dónde lo había tocado.

Tomó su trabuco, y sin pensarlo dos veces, disparó al cadáver en diversas partes.

— Tranquila Niebla, — Susurró mientras limpiaba la sangre salpicada en su rostro... "Sólo estamos de caza una vez más."

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